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Caverna Crítica

No es una exposición

Presentación
Carmen Hernández
 
“Cuanto más desconfía del cuerpo una cultura, tanto más le repugna la figuración”
Régis Debray en Vida y muerte de la imagen

NO es una exposición apunta hacia varios objetivos que van más allá de la coyuntura política actual que representa la elección entre dos opciones. NO es una exposición asume una posición afirmativa frente a categorías establecidas (la exposición) para asumir formas de diálogo más flexibles. También la negación, contextualmente referida, asume una postura generosa cuando se denuncia el poder como deseo de expansión y dominio, concentrado en defender sus privilegios por sobre los intereses de amplios sectores sociales sin acceso a la justicia social. Hoy en día, como sujetos expuestos a las redes  de comunicaciones transnacionales que lideran la tendencia a la mundialización cultural, somos testigos del travestismo del poder que ejercen algunos grupos políticos por sobre naciones completas, rediseñando sus tácticas neocolonialistas con la argumentación de defensa de los derechos humanos por sobre la soberanía nacional. Cuando Estados Unidos invadió Irak, asistimos a una desvirtuación de la tradicional noción de “estado de derecho” que convierte en  marioneta a los organismos internacionales encargados de velar por el orden mundial, burlando la “paz perpetua” imaginada por Kant. Asistimos entonces a una sistemática violación de acuerdos que propicia una violencia material pero también en una violencia “virtual” o “abstracta”, que se materializa en la reproducción de las condiciones de producción y consumo desiguales.

El No puede también relacionarse con la postura colectiva que fue asumida por extensos sectores populares frente a la dictadura de Pinochet que reclamaban en las calles NO + violencia, NO + desaparecidos políticos, NO + hambre... a partir de una apropiación a la consigna No + difundida por el grupo CADA (Colectivo Acciones de Arte) que actuó en el escenario chileno durante los años 80. El arte contribuyó así a que las personas perdieran el miedo y pudieran expresar su rechazo al autoritarismo.

Los siete artistas gráficos que hoy se reúnen en este diálogo expositivo  han asumido diversas perspectivas críticas frente a la realidad cultural y política contemporánea, ya sea local o internacional. Indistintamente de los escenarios, se perfila un eje en común: un humor que sostiene un ejercicio visual plural con el fin de favorecer la disolución de las estructuras rígidas del poder, con su tradicional lucha entre el bien y el mal.

El cuestionamiento del poder como autoridad que se atribuye el don de definir, clasificar y reproducir lugares de privilegio por medio de estrategias de seducción, es lo que muchas veces impulsa a las prácticas artísticas a asumir posturas críticas corrosivas. Pierre Bourdieu advierte que frente a los subterfugios propagandísticos del poder, se puede crear una respuesta reactiva: “Esta es la razón de que la contestación  política haya recurrido siempre a la caricatura, deformación de la imagen corporal destinada a romper el encanto  y a convertir en ridículo uno de los principios del efecto de imposición de autoridad” (205).

Como espectadores inmersos en la videosfera (siguiendo a los teóricos de la imagen) constituida por el flujo constante de formas visuales que forman parte de complejos procesos de comunicación masiva, nos podemos preguntar por el rol que tiene el arte de la caricatura. Creo que al igual que otras prácticas artísticas contemporáneas, conscientes de las relaciones entre poder y lenguaje, la caricatura sostiene su vitalidad cuando se ocupa de develar aquello que el poder “oculta” oportunamente dentro de parámetros ligados a lo “políticamente correcto”. Si la caricatura se conforma con favorecer narraciones vinculadas a formas dominantes o hegemónicas, se convierte en propaganda al servicio de intereses de los grupos sociales que ostentan el poder. Por ello, la caricatura se caracteriza por sus estrategias paródicas e irónicas que implican un distanciamiento –en términosbrechtianos- y una recreación de elementos olvidados que finalmente conforman memoria.

La caricatura explota la estabilidad de la visión porque el ojo del creador selecciona, disecciona, empata y recontextualiza elementos visuales de la realidad para crear su propia perspectiva visual, recreando formas con múltiples recursos como el color, el fotomontaje, el collage, hasta agregar animaciones digitales. Más allá del dibujo directo sobre el papel, el caricaturista contemporáneo recurre a todos los elementos que le ofrece la tecnología.

Selecciona algunos elementos que considera significativos, rasgos específicos que permiten reconocer el tema o los personajes, estimulando nuevos sentidos porque deja una huella en el imaginario perceptual del observador,  estimulando nuevos códigos de reconocimiento, según plantea Gombrich: “El caricaturista nos ha hecho ver a la víctima de una forma distinta; siempre que vemos al personaje no podemos evitar pensar en la caricatura” (29). Los artistas en general, incluyendo de manera especial, los caricaturistas, desempeñan un rol muy particular en el reconocimiento del mundo de aspectos no visibles en la apariencia de la realidad.

Uno de los roles que asumen las prácticas artísticas contemporáneas es la dimensión histórica que más allá del testimonio, atiende las contradicciones en el seno de lo social. Como latinoamericanos inscritos en una historia multicultural, deberíamos contextualizar nuestros acciones y nuestro pensamiento en un marco de multiculturalismo. El arte de la caricatura que hoy se reúne en este muestra apunta al reconocimiento de esas  especificidades del signo de lo latinoamericano. Hoy en día se hace cada vez más urgente  defender las realidades locales. Néstor García Canclini apuesta por el respeto a las diferencias: “Admitir las diferencias culturales exige abrir, en los procesos culturales de homogeneización tecnológica y uniformidad económica, espacio para la diversidad de las representaciones simbólicas. Aceptar la creatividad y la diversidad de experiencias es permitir en la cultura y en las interacciones sociales lo que los economistas reclaman en su campo: que vivamos en sociedades abiertas” (53-54).

Si hay una diferencia entre el arte latinoamericano y el correspondientes a otras latitudes, es la contextualización política de sus referentes, muchas veces con asociaciones directas a escenarios sociales específicos y otras, con sutiles alusiones por medio de juegos de lenguaje. El humor gráfico seguirá siendo una herramienta visual significativa en nuestra geografía mientras no se superen las condiciones sociales de desigualdad ante el acceso a los sistemas de producción y consumo de todo tipo de bienes materiales y simbólicos, porque parece evidente que “una imagen vale más que mil palabras”. 

Bibliografía

Bourdieu, Pierre (2000) La distinción. Criterios y bases sociales del gusto, Editorial Santillana, Santafé de Bogotá. 

García Canclini (1999): “Políticas culturales: de las identidades nacionales al espacio latinoamericano”, en: N. García Canclini y Juan Moneta (Coordinadores): Las industrias culturales en la integración latinoamericana, Editorial Grijalbo, México, y Sela, Caracas, pp. 35-63.

Gombrich, E. H. (1993): La imagen y el ojo, Alianza Editorial, Madrid.